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ASOCIACIÓN DE VECINOS DE CARANZA |
PEQUEÑA BIOGRAFÍA DE ELISEO "CUCO" RUIZ DE CORTAZAR
Eliseo Ruiz de Cortázar, Cuco, nació en Ferrol el 8 de marzo de 1931 y murió el 23 de abril de 1978 después de padecer una larga enfermedad hepática.
Acaba el bachillerato y estudia perito mercantil, trabajando en la empresa de su familia en el puerto ferrolano, aquí es donde descubre su vocación de servicio a los demás, trabaja en grupos de A.C. perteneciendo a JACE, socio fundador y primer secretario de la sociedad deportiva OAR.
En contacto con seminarista y clérigos comprometidos con la liberación del pueblo, afianza su vocación ingresando en el Colegio Mayor de Vocaciones Tardías en Salamanca, obtiene la licenciatura en Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca.
Es ordenado Sacerdote el 15 de julio de 1962, desde este momento su trabajo va a estar especialmente dedicado a la promoción y evangelización de los pobres en el amplio sentido de esta palabra. Coadjutor de Sta. Marta de Ortigueira un año, por dos años en la Concatedral de San Julián de Ferrol, Director del Convictorio Diocesano durante un año, Coadjutor de Nuestra Sra. del Socorro durante cuatro años.
En 1963 a petición de los militantes de HOAC y JOC es nombrado Delegado Episcopal de A.C. y Consejero de HOAC y de JOC. En 1970 se hace cargo en Madrid de la Consejería Nacional de las JOC, finalizando en 1974 regresando a Ferrol, donde en septiembre es nombrado miembro del equipo sacerdotal de san Pió X de Caranza y capellán de la residencia de Pensionistas de la SS.
Sabiendo que su enfermedad es irreversible, estos últimos cuatro años de su vida trata de vivirlos a tope, trabajando sin descanso, tenia muchas cosas por hacer.
En noviembre de 1974 colaboro en la creación de una comisión llamada "Servicios a la Comunidad" compuesta por vecinos de las parroquias de S. Pió X, y Sta. Maria de Caranza, y de S. Xoán de Filgueira, del Bertón para estudiar los problemas de los vecinos. Esta Comisión seria el embrión de las AAVV "Cuco Ruiz de Cortazar" y "S. Xoán de Filgueira-Berton", debido a los problemas burocráticos, Cuco no pudo llegar a verlas legalizadas.
El trabajo que Cuco realizo en Caranza fue muy intenso, desde la atención a personas mayores, preparación personalizada para celebraciones sacramentales, alfabetización de gitanos adultos, promover la cultura, literatura y la lengua Gallega, solucionar problemas con las viviendas, organización del movimiento vecinal, y otras muchas actividades que llenaron una vida consagrada a Dios y a sus hermanos en una entrega incondicional.
Un hombre cristiano, gallego que vivió para y con los marginados, su espíritu de sacrificio y su entrega incansable, el compromiso de servicio con los mas necesitados, la lucha constante contra la injusticia social, fue muy criticado por las posturas que adopto y sufrió persecución por la justicia.
Cuco, es un ejemplo para todos, hoy casi 30 años después de su muerte, el espíritu de Cuco sigue con nosotros y es nuestro deber continuar en su línea de amor y servicio a los necesitados.
A continuación unos artículos de personas que conocieron y trabajaron con Cuco, que nos ayudaran a acercarnos a la dimensión real de este hombre excepcional
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La Voz de Galicia
«Boletín Oficial del Obispado de Mondoñedo-Ferrol» Junio de 1978
Alfonso Gil Montalvo, párroco del Socorro de Ferrol,
El pasado 23 de abril ha fallecido en Ferrol Eliseo Ruiz de Cortázar. Eliseo, conocido por todos con el nombre familiar de Cuco, acababa de cumplir 47 años.¿Quién era Cuco?
Es difícil resumir en pocas líneas la personalidad tan rica de este hombre. Con todo, vamos a intentarlo, aun sabiendo que quedará mucho por decir.
Cuco comienza a ser conocido popularmente en el puerto de Ferrol. Tiene entonces 17 años y ayuda a su padre que es consignatario de buques. Eso le da la posibilidad de conocer el mundo del trabajo, trabajo duro por cierto de los cargadores del muelle. Pero él no se limitará a ser espectador pasivo, sino que (y esto será una constante suya en adelante) trabará amistad con todos y cada uno, ayudará en lo que pueda, se meterá en sus vidas hasta ser considerado como uno entre ellos.
Es en este ambiente donde Cuco que pertenece a la Juventud de A.C., va descubriendo su vocación y perfilando su opción definitiva: servir a Cristo y a los pobres como cura. A los 23 años entra en el Seminario de Vocaciones Tardías de Salamanca.
Esta etapa de Salamanca nos muestra a un Cuco que ora y mucho, y que se preocupa de que sus amigos lo hagan también (otra constante que se manifestará después en su preocupación por los compañeros sacerdotes). Al mismo tiempo Cuco es el hombre abierto, al tanto de las novedades de cine, de literatura, de política. Y es sobre todo el hombre inquieto por el mundo obrero: animador de los grupos de Jesús Obrero, en contacto directo con los sectores más marginados de Salamanca. Aprovecha los veranos, al principio, su padre no lo admire en casa por la decisión que ha tomado de ser cura, para trabajar en las minas de Asturias y en el pantano de Aldeadávila.
En 1962 es ordenado sacerdote. Desde entonces hasta 1970 desarrolla su acción pastoral en Sta. Marta de Ortigueira y San Julián, Convictorio y Socorro, en Ferrol. Cuco es el hombre incansable, siempre con iniciativas excursionistas, todo lo que puede unir a la gente. Se afana en llenar de contenido las celebraciones litúrgicas, que otros hubieran considerado rutinarias. Y aprovecha toda tradición popular para darle sentido de promoción humana y comunitaria. Es el hombre de consejo: a los jóvenes, a matrimonios en dificultades, en el confesionario... Atento a las necesidades, las ayudas que él presta nunca son tomadas a mal, por la sencillez con que lo hace; no tiene reparo en pedir a quien sea, él que lo da todo.
La atención al mundo obrero continúa y se concreta cada vez más. Como consiliario diocesano de la JOC, Cuco se emplea a fondo en la formación de militantes. Es el tiempo en que la clase obrera va organizándose. El está presente en los grupos, es el amigo que apoya, que une por encima de diferencias, que anima a todos. Donde hay un conflicto, y por entonces son abundantes, allí está él, siempre informando e informado, prestando su apoyo y corriendo los riesgos de todo militante (descrédito ante ciertos sectores. detención, multa gubernativa...). Cuco va identificándose cada vez más con los pobres, no sólo por compartir sus cosas, sino por compartir sus luchas.
Es muy difícil hacer el relato de esta etapa y no omitir actividades significativas de Cuco. Citemos sólo de paso: su acción de promoción del mundo gitano, su tarea de organización de las empleadas de hogar, su esfuerzo por renovar la adoración nocturna. Y sus intentos constantes de constitución de grupos sacerdotales.
En 1970 marcha a Madrid como Consiliario Nacional de la JOC. Son los años de crisis de Acción Católica y de los Movimientos especializados. Y Cuco, que es hombre de base, de contacto directo con la gente, tiene ahora que conocer las tensiones de un organismo nacional. Sin cuidarse, viaja por toda la península, animando y coordinando los grupos en las distintas zonas. Son años de desgaste en los que no conoce la recuperación y las satisfacciones de los grupos de base, cuya evolución va siguiendo día a día y cuya amistad se disfruta. A él le tocó, en cambio, «disfrutar» la violencia de los muchachos de Sánchez Covisa la víspera de un primero de mayo.
Este tiempo pasado en Madrid ayuda a Cuco a ampliar su visión de la realidad social y política. El contacto tan cercano con el movimiento obrero, con sus organizaciones y sus militantes más significados, le hacen madurar y entender su acción en un contexto de lucha de clases. Pero él no se quedará en el nivel sociopolítico, sino que intentará siempre ser testigo anunciador de una salvación total de la persona, que el hombre no puede alcanzar por sí mismo.
En 1974 vuelve a Ferrol y se incorpora al equipo sacerdotal de S. Pío X en la nueva barriada de Caranza. Otra vez entre su gente, Cuco programa la pastoral de un barrio que está comenzando a ser: de nuevo las visitas a las familias, el animar a los indecisos, el ayudar a descubrir a cada uno lo que puede hacer; de nuevo la formación de equipos, la promoción de la vida asociativa, la atención a problemas urgentes (albergues, accidentes en las Pías...). Tampoco ahora su acción se circunscribe a la Parroquia: intenta relanzar la JOC local, forma el grupo de Justicia y Paz desde el que promueve la acción pro-amnistía, mantiene contacto con todos los grupos vivos de Ferrol. Estudia (Cristología, marxismo, eran los temas que estaba abordando últimamente). Descubre la identidad de Galicia como pueblo y rompe a hablar gallego.
Su espíritu es el de siempre: animado, interesado por todos, luchador... pero su organismo ya no le responde. Su salud, desde que regresó de Madrid está muy quebrantada. Le obligan a descansar, pero el descanso que él hace entre llamadas por teléfono, visitas constantes y acudir junto al amigo que lo precisa no remedian nada. Finalmente el deterioro se muestra irreversible y Cuco, el amigo de la vida, parte al encuentro de la Vida que siempre le atrajo.
Este era Cuco: un hombre bueno, entrañablemente humano. Con la sonrisa siempre en los labios, a los cinco minutos de tratarlo era como el amigo de toda la vida. No tenía facilidad de expresión, pero los pobres le entendían perfectamente. Creía en las personas y tenía la habilidad y la valentía y la constancia de hacer a cada uno el planteamiento que le invitaba a dar un paso más en su fe o en su compromiso. Era un buen educador de personas.
Un hombre fiel a Jesús. Para él servir a Jesús y servir a los pobres nunca fueron cosas distintas. Por fidelidad a Jesús se fue dando progresivamente en su servicio a los hermanos. Fue criticado por las posturas que adoptó y sufrió persecución por la justicia. Pero él mantuvo siempre su apertura a todos y nunca rechazó a nadie.
Los que le hemos tratado de cerca agradecemos a Dios haber conocido a un hombre en quien el espíritu evangélico se transparentaba de este modo y nos sentimos llamados a responder con la coherencia y generosidad que él lo ha hecho.
La Voz de Galicia
Colaboración de Gabriel Vázquez Seijas, párroco de Canido en Ferrol, escrito en La Voz el 25 de abril de 1978
EL PADRE CUCO NO HA MUERTO
Nadie muere a pesar de la descomposición biológica, pero la sonrisa de Cuco, su constante volver el rostro por la calle para encontrar el otro rostro que necesitaba algo, no se ha borrado. Al decirle adiós en el cementerio toda esa multitud de todas las clases sociales y condiciones, yo creo que le estábamos diciendo «hasta luego», porque a lo mejor nos lo íbamos a encontrar otra vez por la calle Real, el muelle o Caranza, para consultarle un problema sentimental, desahogar una pena, recabarle su colaboración para redactar un documento, o reivindicar cualquier derecho.
Decía el P. Chevrier que «el sacerdote es un hombre comido». ¿No es verdad que a Cuco nos lo hemos devorado todos un poco, porque antes, previamente, todos hemos sentido que él había amado algo antes en nosotros mismos? Si éramos curas, era nuestra entrega sacerdotal y nuestro progreso espiritual (¡cómo nos acosaba con tanto cariño y tenacidad!); si éramos un matrimonio, ya le dolía lo que podía suceder entre nosotros o si habíamos caído en la cuenta de todo lo que podíamos rendir en la sociedad, y, claro, le teníamos que invitar a comer; si éramos obreros ya podíamos planificar todo lo habido y por haber por reivindicar todos los derechos del pueblo...
Cuco en el Hospital General eran ya nuestras migajas. Cuando hemos comido en abundancia, todavía quedan las migajas por encima de la mesa, ¿le hemos dejado, incluso tiempo para enfermar o ponerse una inyección, porque tenía que oírnos, o levantarse subrepticiamente para ayudamos a redactar el documento de turno? Eran sus migajas y nos las queríamos comer...
Yo viví muchos años, toda la vida, compartiendo con Cuco lo mejor de sus intimidades y sus anhelos. Seguí paso a paso su lejana entrega de joven de A.C., su despertar a la vocación sacerdotal, su descubrimiento del mundo obrero, su irreductible entrega a los más pobres, su desbordante, sencillo y hermosamente ingenuo buen corazón, su vibración ante la necesidad constante de renovación que la Iglesia tiene y para la que guardaba lo mejor de su amor, su sinceridad sangrante y su tenacidad.
Cuco saludaba con alborozo, pero con una perspicacia y una fina agudeza política, el nuevo mundo que se está gestando, y estaba empeñado en hacer andar este mundo hacia la meta de la historia, quisiese o no el mundo. Pero Cuco lo vio siempre desde la suprema instancia de la fe. No se andaba con chiquitas, con aplausos sin más. Nunca lo he visto creer en ningún Mesías. Sus Mesías eran todas las personas.
Mucha gente, por esta visión superior que él tuvo, muchas veces no le entendió bien. Creía que le movían otras intenciones. Y que conste que me refiero a gente de las tendencias más opuestas. Él no obstaculizó nada. Todavía, muy recientemente, y paseando delante del Ayuntamiento, me confesaba que a él lo que le interesaba era Cristo. Creer en la vida de oración y santificarse más y más. Así. Y me consta que lo hizo. Cuco fue sencillo, sincero, tenaz seguidor de Jesús que vivió el cambio reciente de España, con alegría y audacia, a la superficie de las intenciones claras, y el no regateo de nada que pidiese el mundo de hoy. Y con Jesús, los pobres y la justicia en este mundo tan necesitado de ella. Qué hermoso era y es, verlo al lado de la viejecita, el alcoholizado, el niño o la pareja recién casada, él que no temió la cárcel ni decirle las cosas claras a quien correspondiese. Pero siempre con el más entrañable amor cristiano. De eso me consta.
Cuco era tenaz. Sus últimas palabras a un entrañable familiar suyo fueron: «Hay que luchar». Sí el sigue luchando. El creía en Jesús y Jesús sigue luchando a través de todo y de todos. Con su bondad y su horizonte sin fronteras (¿Cuántas fronteras y fronteritas nos ponemos hoy día, verdad?) Nos toca asumir lo que nos corresponde. Seguirle «comiendo», lo que sucede que ahora las circunstancias han variado: sus migajas, las que nos quedan a nosotros que comer son el Cuerpo de Cristo que es pan, y los pobres y la justicia y la verdad que es el mismo pan, cocido en el mismo horno. Cuco, hasta luego.
La Voz de Galicia
Xosé Chao Rego, colaborador en La Voz, publico el 26 de abril de 1978, estas dos colaboraciones.
Y Cuco dijo: «YO LUCHO»
Anécdota rigurosamente histórica, sucedía a este cronista que hoy hace, muy a pesar suyo, de necrólogo: llamaba yo, hace unos años, al teléfono de Ruiz de Cortázar preguntando por Eliseo: «aquí no vive ningún Eliseo», me respondió una voz consanguínea, y colgaron. Al momento volví a marcar y escuché esa risotada a chorros que precedía la presencia de Cuco, disculpándose porque, por fugaz consejo de familia habían resuelto que sí, que uno de los miembros estaba bautizado con el nombre del profeta taumaturgo. Recordé a su compañero Javier Azagra, hoy obispo de Cartagena, que le decía: «pero hombre, ¿a quién se le ocurrió llamarte a ti Cuco?». Ciertamente, era todo lo contrario a un calculador, a un hombre sinuoso. Con él se murió un poco la espontaneidad evangélica más cercana a la candidez columbina que al brujulear de la serpiente.
A Cuco se lo conoce en toda Galicia y en amplios círculos de la España eclesial. Tuvo cargos eclesiásticos notorios, como el de consiliario nacional de la Juventud Obrera, o diocesanos diversos. No era hombre de cumbres, sino de base, y cuando le montaron en elevada cabalgadura, en el vientre del equino troyano pudieron meterse cuantos quisieron. Pero su verdad, su gran verdad, fue el muelle de Ferrol. Algo así como Corinto y los estibadores de su puerto fueron el clima en el que Pablo de Tarso se desquitó de su fracaso en la intelectual ágora ateniense, o el espigón de Cafarnaún con sus pescadores acogió a un Jesús de Nazaret sucesivamente expulsado de las sinagogas.
Hoy, día de San Jorge, a los 47 años recién cumplidos en mazo, Cuco le ganó la definitiva batalla al dragón. Hace horas, el médico le alentaba a la constancia empleando una mentira terapéutica, y las ultimísimas palabras del optimista agonizante fueron de militancia: YO LUCHO. Era lo que los griegos llaman el agón. Agonía de un hombre al que le molestaba estar enfermo, porque la inoperancia le era más dolorosa que la muerte. Por eso, desde el comienzo de su mortal enfermedad, venia agonizando, luchando por mantenerse útil.
Cuando el domingo 23 de abril el Congreso ferrolano de Comisiones Obreras guardaba un minuto de silencio, el mundo de los que luchan contra el dragón estaba rindiendo en caliente homenaje a este burgués que supo desclasarse al revés de lo habitual. El gentío que pasó a decir adiós a su destartalado corpachón vencido por la paz eterna, pudo comprobar, ante un hombre tal, la verdad de la convicción del de Tarso: «¿Dónde está, muerte, tu victoria?». Yo pido ahora con emoción que, sobre la memoria de Cuco, aquellos que no supieron reconocerlo a tiempo, aprendan a reconciliarse con este hombre de Dios y de los pobres.
UN PROFETA INCÓMODO
No fue para todos fácil la reconciliación en vida. Cuco resultaba un profeta molesto, a pesar de que (o quizá porque) jamás hubo malicia ni sadismo en su profecía. Unilineal en su razonamiento, intempestivo a veces, más de uno tuvimos a menudo reservas ante alguno de sus planteamientos. En ocasiones hubiéramos querido mayor temple discursivo, más allá de lo que el gran Pascal llamó las razones del corazón. Rico en sensibilidad afectiva, a Cuco, como al clásico, nada humano le fue ajeno. Pero sus inmediateces, su tenacidad y sus fijaciones podían enervar si no se le conocía.
Su conversación, engarzada por palabras que parecían monosilábicas al cabalgar unas sobre otras sin mayor esmero fonético, tenía un fondo luchador, dialéctico. «No, no, no», era el acompasamiento de su diálogo. Sus afirmaciones iban siempre matizadas por la negación, que no era rechazo, sino honda vivencia interior del problema: negaba la simplificadora elocuencia del interlocutor, acaso según el principio escolástico de que dos negaciones afirman. La cosa se complicaba ahora porque a Cuquiño le dio por el increíble esfuerzo de aprender gallego. Recuerdo la gran carcajada que soltamos los amigos cuando, hace unos meses, nos hablaba en algo parecido a la lengua de Rosalía diciendo que «neste sentido senso...» Me sonó a pésame anticipado, y ahora ¡ay Cuquiño del alma! he de decirte fraternalmente adiós, el sentido senso de un amigo que más te quiso y aún admiró que comprendió. Aunque, acaso, también lo último.
Si no amaba a los enemigos, es porque él no los tenía en su corazón. Formidablemente capaz de eliminar contradicciones y liquidar tensiones con su sonrisa de angelote perdido en el camino, un ejemplo sorprendente lo puede ilustrar: en la Comisaría de Policía entregó a sus interrogadores un ejemplar del Evangelio abierto por aquella página que les señalaba la lección precisa: «Cuando os lleven ante los tribunales, no os preocupéis de lo que habréis de responder, porque el espíritu os dará palabras». Y Cuco no pudo molestar con gestos que brotaban de una fuente limpia, y los ejemplares del Nuevo Testamento fueron acogidos, me imagino que con desconcierto.
Ahora, la perspectiva nos va dando la dimensión de un hombre utópico, de alguien que confió en que el desierto es fértil y fue consecuente con las palabras proféticas de Isaías: preparad el camino del Señor, que los montes se rebajen y los valles se rellenen. Si a veces pudo parecer una apisonadora, se trataba de su coherencia profética, que ciertamente era ciclópea, sin fisuras. Porque a los hombres del Espíritu les puede llegar a parecer que todo es liso y llano. Se adelantan a la época. Porque Cuco fue un signo de los tiempos, de los tiempos futuros.
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22 de enero de 2009